3.11.2009

Cíclopes III "el cuarto propio"

Aclaro de inmediato que esto no se trata de una alegoría a Virginia Woolf ni nada de eso. Sólo que una de las características de la personalidad de algunas personas, entre ellas me sumo, es la necesidad de tener un cuarto propio.

Hace un tiempo, cuando conversaba con un amigo también dedicado a esto de hacer música (llamado oficio de compositor), hablábamos de los procesos creativos, cuando de pronto hizo mención a su cambio de casa como un estimulo creativo.

Por un momento traté de evocar si mis cambios de casas han afectado positivamente o no a mi trabajo, pero más allá de llegar a una conclusión posible, lo que si pude recordar, es que los lugares son completamente diferentes, no por su espacialidad, estructura o condición, sino, básicamente por la idea que tenemos de ello.

Es posible que para mi amigo entonces, no fuera que la habitación donde trabajaba fuera más cómoda, silenciosa, aislada, que otros lugares donde había trabajado, sino que puntualmente, era otra. Otro lugar, inapropiado, nuevo, con otras condiciones.

Siempre me ha impresionado como personas necesitan controlar mucho el lugar donde trabajan o viven y otras no. Podemos pensar que el primero en un rasgo casi obsesivo necesita controlar lo externo quizás como equilibrio con lo interno, en cambio el segundo, al parecer, puede desasociar su concentración puntual y su entorno. Lejos de juzgar que me parece mejor o más sano comentaré mi caso.


Mucha gente que viene a mi casa y mira mi estudio me comenta lo agradable que es, y es cierto, he puesto mucho tiempo y energía moldeando un espacio que permita ser más agradable el proceso creativo. Pero al poco tiempo, los factores externos disminuyen, y en eso, lo interno vuelve a ser lo esencial. En este momento lo único que requiero es que en el lugar donde trabajo pueda estar sólo, en silencio y sin interrupciones (que hoy en día es harto pedir). Pero lo estético juega un rol quizás trivial.

Hace algunos años pensaba muy diferente. Uno de mis maestros, me enseñó que todo lo que está en nuestro entorno de una u otra manera afecta nuestro trabajo. Más allá de un orden seudo neurótico por el entorno, se refería a la simple condición de seres sensibles al entorno, y no dudo que tiene razón. El problema es que por un tiempo extremé esa medida al punto de que mi espacio de trabajo fuera un lugar casi sagrado, lleno de ritos y detalles. En ello, me hice permeable a lo externo de una manera absurda, sin saber, que era una condición que yo mismo estaba permitiendo.

Sin embargo, aprendí muchas cosas (palabra clave cuando uno cuenta cosas medias absurdas del pasado), como que al trabajar en un ambiente casi ritual me permitió conectarme con algo más allá de mi interior y eso es bueno, lo segundo, que mantenía casi siempre el estudio bastante limpio y ordenado, donde no faltaba el café, el té y las galletas… y lo más importante, que componer no sólo era mi trabajo u oficio, sino era mi ritual diario.

Lo absurdo a la vez, era que casi nunca me tomaba el té o el café a la temperatura exacta, pues si (felizmente) estaba trabajando concentrado, me olvidaba rápidamente del líquido que tuviera a mi alcance, o cigarro o lo que fuera. Por otra parte, que más allá de lo convencionalmente entendido como un “ideal” de espacio de trabajo, me di cuenta que los mejores momentos creativos fueron con un vino, con mucho cigarro, encierro, estados seudo depresivos, letras apresuradas… o lo peor, nada de eso, nada más eficiente que una pega por entregar al día siguiente. Simplemente ahí no hay pausas, ni pensamientos absurdos, ni cafés ricos, ni limpieza, ni orden… ahí todo es avanzar y pucha que es rico.

En conclusión, si, el entorno ayuda… pero poco. Lo que realmente ayuda es tener las condiciones básicas resueltas y un sentido claro de trabajo, y sino, simplemente igual trabajar, pues el sentido ya se asomará.

Música que acompaña: Giacinto Scelsi - chamber music for strings
a) elegia per thy, for viola & cello (1958)
b) divertimento for violin, no 3 (1955)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Pablo, cómo estás?
Fue instantáneo, me acordé de tí, te puse en google y te encontré.
No sé si te interese saber de mí, pero no podía evitar dejarte algo escrito.

Creo que me trataste con respeto y eso lo valoro.


Saludos.